festina lente

lunes, 14 de noviembre de 2011

Fábula



Se había marchado para no regresar jamás. Le gustaba aquello de decir adiós a su hogar. Siempre había mantenido que amaba aquella ciudad anclada en el pasado y la desazón, a las personas que vivían entre sus muros y que ansiaban regresar a su cobijo. Pero los cinco años en el extranjero de su tierra le habían hecho odiar todo lo que habían sido sus raíces y, en cuanto pudo, las hubo cortado de cuajo, dejándose a sí misma sin un lugar al que regresar. Las glorias de juventud habían henchido aquella cabeza de fervor casi pueril e insano, arrebolando el tierno corazón para hacerlo bravucón. Y había logrado renegar de todo y de todos, para demostrar la propia valía a ese mundo desconocido que se presentaba ante ello, perdiendo su esencia humana misma para convertirse en éter vacío y valioso pero desligado de los convencional y fantástico de la vida normal.

Canalladas y jugarretas habían conseguido destruir su medio humano y la habían dejado sola en un mundo huero y hostil donde la eminencia precozmente demostrada en la liviana mocedad ya de poco servían una vez el estado de febril onirismo se hubo diluido en la nada azul. Sus decapitadas raíces, secas y muertas, perdidas en la noche del pasado, le impedían regresar al calor de aquellos recuerdos infantiles que llevaban impreso el cariz de la esperanza de vivir. Ya no quedaba nada. NADA. Ahora habría de ser responsable de sus propios actos y de sus propias decisiones y encarar lo que quedaba sola, perdida en un invierno pardo que cada vez se hacía más dificultoso, al estar sola. Sola. Sola. Al no quedar nada. Al no tener a nadie. 



Para aquellos que se alejan demasiado de la orilla y pierden toda referencia, para que recuerden la importancia de tener un lugar al que volver, un alguien al que dirigirse. ¡Feliz lunes, estimados lectores! ¡Que tenga una excelsa semana!


Foto: Anaïs Anaïs, i. e., yo.

1 comentario:

La Muse dijo...

Fabuloso! Y la foto.... Simplemente maravillosa.